lunes, 25 de abril de 2016

Humor fantasmal, de Jerome, Poe, Saki, Harte, Doyle, Le Fanu, Benson, Twain, Kipling y Stockton

"(...) recopilaríamos cuentos cómicos de fantasmas escritos por autores clásicos que, o no acostumbraban a escribir cuentos de fantasmas, o que cuando lo hubieran hecho no fueran cómicos (los cuentos, no los autores, que bien podrían haberlos escrito disfrazados de mona aulladora si les placiere). «Eso no es precisamente un prodigio de originalidad», me dijo esa vocecita interior que suele aparecer cuando la vocecita exterior se engaña a sí misma de un modo tan palmario. «Vale», replicó mi vocecita exterior, «pues entonces le pondremos al libro una cubierta de color violáceo» (...)."

Así reflexionaban los editores y el traductor de esta recopilación de cuentos cómicos de fantasmas, y ese es el espíritu —perdone el lector por el chiste fácil— que les animó con la presente y divertidísima edición. Diez relatos de espectros con mucho sentido del humor de diez autores destacados de la literatura de los siglos XIX y XX: Jerome K. Jerome, Edgard Allan Poe, Francis Bert Harte, Saki, Arthur Conan Doyle, Joseph Sheridan Le Fanu, E.F. Benson, Mark Twain, Rudyard Kipling y Frank Richard Stockton. 


Una reflexión sobre los tópicos fantasmales ingleses; un nuevo rico quejoso porque su castillo recién adquirido no tiene fantasma propio y debe poner un anuncio para encontrarlo; un caballero eduardiano que muere atropellado justo cuando se dirigía a una sesión de espiritismo y decide acudir igualmente; o los problemas del fantasma del gigante de Cardiff son algunas de las peculiares historias que deleitan al lector en las páginas de este libro. 

"Nuestras experiencias con los espectros son todas muy parecidas. No es culpa nuestra, es de los propios fantasmas, que nunca proponen nada nuevo y se mantienen firmes en sus viejas costumbres."

Me lo he pasado en grande con estos relatos humorísticos sobre apariciones sobrenaturales y las personas vivas que tuvieron que sufrirlas; los recomiendo muchísimo para cualquier ocasión pero sobre todo para los lectores que necesiten un descanso en sus costumbres novelísticas y quieran hacerlo con el mejor estilo anglosajón. Entre mis favoritos, la introducción de Jerome K. Jerome, los maliciosos personajes de Saki y el divertidísimo cuento con ectoplasma y fuegos artificiales de E.F. Benson.

Lector, para leer al anochecer junto a la chimenea o cuando y donde sea. Asómate a este humor fantasmal y dime qué relato es tu preferido.

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Humor fantasmal

lunes, 18 de abril de 2016

Damas en bicicleta, de F.J. Erskine

En 1897, F. J. Erskine, una dama ciclista británica, publicó este simpatiquísimo y útil manual para todas las contemporáneas que desearan seguir sus pasos sobre el sillín y las dos ruedas con elegancia y deportividad. Cuando a mediados del siglo XIX la reina Victoria se compró dos bicicletas, las señoras y señoritas inglesas captaron el mensaje implícito: el ciclismo femenino dejaba de ser inmoral o excéntrico para convertirse en una actividad física aconsejable y de buen tono. Erskine detalla en este encantador libro todo lo necesario para ser ciclista victoriana y no morir en el intento; desde los consejos sobre ropa y alimentación, pasando por las reglas de urbanidad sobre ruedas, así como la importancia de los frenos o la elección de la bici, hasta advertencias tan útiles como no ir sin manos por la ciudad o evitar Londres para ahorrarse las vulgares groserías de los viandantes de la City.

"A la hora de andar en bicicleta por la ciudad, lo más inteligente, por último, es no darse mucho tono, yendo si manos, por ejemplo, o intentando hacer piruetas y otros truquillos baratos. Se da por hecho que cualquiera puede andar sin manos en los lugares menos peligrosos, pero pavonearse con excentricidades en un lugar atestado de gentes y vehículos no solo es peligroso: denota, además, una suprema falta de buen gusto."


Impedimenta es una de mis editoriales preferidas por ese toque estupendo de buen humor británico del que hacen gala buena parte de sus libros. Enterrado en vida, de Arnold Bennett, las aventuras de Gervase Fen, el personaje de Edmund Crispin, La hija de Robert Poste, de Stella Gibbons, o la saga de Mapp y Lucía, de E. F. Benson son títulos de Impedimenta a los que siempre recurro cuando necesito una lectura agradable, divertida y de excelente factura. Damas en bicicleta, aunque no es una novela (como las que he mencionado antes), tiene justo ese sentido del humor tan inglés, tan excéntrico, tan decimonónico y pintoresco que os he comentado. Un manual para damas victorianas que se sienten modernas y deportivas sobre dos ruedas pero que necesitan todo tipo de consejos sobre la ropa adecuada para ir en bici, cómo montar sin parecer un pato, cómo evitar a los dichosos peatones indecisos londinenses, y mil truquillos y observaciones más al respecto del novedoso deporte del ciclismo. La clave es la gracia con la que Erskine escribe y recomienda, lo divertidas que pueden parecernos sus observaciones a los lectores del siglo XXI (atención a los parámetros sobre el decoro o el buen gusto) y el tono desenfadado y simpático de todo el libro (que mucho le debe a la excelente traducción del inglés del escritor José C. Vales).

"Esa moda espantosa de sentarse en la bicicleta, con el sillín bajo, e impulsarse a zapatillazos en el suelo con una de las piernas hasta que se coge carrerilla, debe descartarse totalmente, al menos para aquellas damas que pretendan ser unas buenas ciclistas. Hacer eso no solo es feo, sino además muy peligroso."

Lector, yo quiero otro libro de la señorita Erskine (un manual para tomar el té en sociedad, a ser posible).


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Damas en bicicleta

martes, 12 de abril de 2016

Consejos para niñas pequeñas, de Mark Twain

Como bien indica el título de este cuento, este libro es un compendio de consejos para las niñas pequeñas. Prácticos, disparatados, sencillos, complicados, crueles, eficaces... pero siempre provistos de un contagioso sentido del humor, el del genial Mark Twain. 

"En ningún caso debes quitarle a tu hermanito su chicle por la fuerza, es preferible engañarlo con la promesa de que le darás los primeros dos dólares y medio que encuentres flotando en el río sobre una piedra."


Una pieza breve de Mark Twain con las divertidas ilustraciones de Vladimir Radunsky y en la magnífica edición de Sexto Piso.

"Si tu madre te pide que hagas algo, no está bien decirle que no. Es mejor y más conveniente darle a entender que harás lo que te ordena y, después, proceder con discreción según los dictados de tu sabio criterio."

Lector, una pequeña muestra de humor para incondicionales del escritor de Tom Sawyer.


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Consejos para niñas pequeñas

jueves, 7 de abril de 2016

Cranford, de Elizabeth Gaskell

En la pequeña aldea de Cranford no hay hombres, las mujeres se bastan para constituir una pequeña comunidad con sus propias y estrictas reglas sociales en donde la moda en el vestir se ignora intencionadamente. Todas son pobres pero distinguidas, la ostentación de mal gusto —tan vulgar como ser hombre— y economizar es el colmo de la elegancia. La pobreza no se admite jamás en voz alta, las velas se apagan no por dosificarlas sino porque la penumbra es agradable, y jamás hay que relacionarse con alguien de categoría inferior a la de las damas de la aldea. Por eso la excentricidad del señor Brown, que se atreve a ser bondadoso y amable, y prefiere leer a Dickens antes que al doctor Johnson, desconcierta a la sociedad de Cranford; la dominante Deborah Jenkyns no permite que su hermana Matty se case con un encantador y generoso caballero por ser de condición social inferior (aunque con mayores medios que las hijas del párroco); o parece un insulto que el único médico ostente un apellido tan ordinario como Hoggins. Las peculiaridades de las damas de Cranford dan pie a un buen número de simpáticas y agradables anécdotas que Mary, una muchacha que ya no vive allí pero que visita con frecuencia las casas de sus amigas Jenkyns y Pole, narra con viveza y mucho cariño.

"Aunque conocen a la perfección los procederes de cada una, muestran una indiferencia absoluta por la opinión de las otras. En efecto, puesto que cada una tiene su propia individualidad, por no decir excentricidad (fuertemente desarrollada), nada les resulta más fácil que la represalia verbal; pero podría decirse que entre ellas reina una considerable buena voluntad."


Elizabeth Gaskell publicó Cranford (1851-1853) por entregas en la revista Household Words, dirigida por Charles Dickens. Lo que iba a ser un corto relato anecdótico sobre la ficticia y excéntrica comunidad de la pequeña aldea, se convirtió en una sucesión de capítulos a instancias del mismo Dickens, que animó a Gaskell a prolongar la historia tras el éxito de su primera novela, Mary Barton. De ahí que resulte doblemente divertido el intenso duelo por sus gustos literarios que mantienen la señorita Deborah Jenkyns (admiradora del doctor Johnson) y el capitán Brown (fiel lector del joven Dickens). 

Y es que Cranford es una sucesión de anécdotas protagonizadas por unas damas muy peculiares, capaces de mantener el decoro y las buenas maneras incluso llevando dos gorras sobre la cabeza o quedándose dormidas en plena reunión. Si bien no se trata de una narración humorística, sí que tiene pinceladas muy simpáticas y algún toque de ironía y sarcasmo. Sin embargo, la narración de Gaskell, aunque agradable, amable y correcta, queda bastante lejos de la elegancia de Penelope Fitzgerald en La librería, el sarcasmo e ingenioso humor de Stella Gibbons en La hija de Robert Poste, o los divertidos e irónicos equívocos de D.E. Stevenson en El libro de la señorita Buncle. Si bien Cranford se disfruta por su cálida sencillez, sus peculiares personajes y sus anécdotas de mediados del siglo XIX —cariñosos y agradables retratos de una sociedad rural inglesa en vías de extinción por los aires de cambio—, en mi opinión resulta un poco tibia al lado de las prosas y novelas anteriormente citadas (*). 

Lector, una buena idea estrenarse con Cranford para conocer a Elizabeth Gaskell.

(*) Seguramente es culpa mía por tardar tanto en leer a esta autora y caer en la trampa de las altas expectativas (acumuladas a fuerza de ser tantísimas las recomendaciones de leerla).


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lunes, 4 de abril de 2016

El viejo cocinero (o Cécile y las estrellas), de Fernando G. Mancha

Cécile es una chica de catorce años que se ha mudado con su madre a l'Hermitage, un pequeño pueblo del norte de Bretaña. Su padre murió en un accidente de tráfico cuando ella tenía cuatro años y su madre trabaja en una panadería en donde amasa el pan con todo el cariño del mundo. A Cécile le cuesta hacer amigos pero se considera una niña feliz, sabe que todo llega a su debido tiempo y que la soledad es una buena consejera. Cuando su profesora de literatura, Gabrielle Sagace, lee su redacción sobre la escritora Françoise Sagan le pide que continúe con el ejercicio de la escritura a cambio de la máxima nota en su asignatura; Cécile decide aceptar el desafío con un diario de almohada, un diario personal, "escribe desde las tripas", le aconseja su profesora. La escritura que comienza como un ejercicio dubitativo, unos deberes adicionales, poco a poco se va convirtiendo en algo natural para esta niña prodigiosa, su diario es un nuevo amigo al que confesar sus pequeños secretos, sus inquietudes, sus tristezas y alegrías, sus misterios... como el que le plantea ese nuevo vecino del quinto izquierda, ese señor tan reacio, al principio, a abrirle la puerta a la esperanza.

"Quiero ser exactamente lo que soy, una niña de catorce años, una loca de los libros, obsesionada con el pan recién hecho y enamorada de cuatro árboles de un jardín botánico. Quiero ser Cécile, Cécile du Bonlieu, hija de Anne, la panadera, y de Jean-Paul, el que se quedó dormido al volante. Y quiero, sobre todo, seguir siendo una botella de cristal y continuar llenando todo mi ser con arenas de los más bellos y dispares colores."


Cuando empecé a leer El viejo cocinero (o Cécile y las estrellas) pensé en lo agradable que era la prosa de Fernando G. Mancha, en lo bonito que escribía, en la atmósfera de ternura y calidez que tejía fácilmente alrededor de Cécile aunque en l´Hermitage siempre estuviese lloviendo e hiciese frío. Tan solo un pensamiento relámpago, tentador, "una niña de catorce años no escribe así". Hasta que conoces a Cécile, que sí escribe así porque es única, porque es Cécile Bonlieu, porque es genuina y distinta a cualquier otra niña. Y esa es la delicada clave de esta encantadora historia narrada en entradas de diario íntimo que Fernando G. Mancha es capaz de contar desde la sensibilidad y ligereza de una niña de catorce años que siempre sonríe; el transcurrir de los meses bajo cuatro árboles de l'Hermitage.

El recuerdo del padre desaparecido, la infinita ternura de la generosidad de Cécile o su sonrisa, los gestos sencillos (pero a la vez tan enormes) para con un viejo abandonado y triste, el amor de una hija por su madre, de una madre por su hija, de ambas por el pan (en realidad metáfora de las cosas sencillas de la vida ¿pues no son estas las más trascendentes?) se convierten en una historia que fluye con tanta complicidad y encanto que el lector va pasando las páginas convencido de encontrarse en la cocina del señor Marcel, a punto de hincarle el diente a una de sus crepes con azúcar y canela. Una novela que transporta agradablemente al lector a mundos menos ruidosos y mezquinos.

Lector, conoce a un escritor que obra la magia de convertirse en la pluma de una adolescente muy peculiar. 

Este libro llegó a mí gracias a la recomendación de Mayte Esteban, sabia e intuitiva lectora donde las haya. 


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El viejo cocinero (o Cécile y las estrellas) (en papel)
Cécile y la estrellas: y el viejo cocinero (edición juvenil)